Archive for Abril, 2010

teheran.jpg La población urbana ha experimentado un enorme crecimiento desde principios del siglo pasado. Actualmente, más de la población mundial vive en zonas urbanas, y dentro de 40 años el número de personas que habitará en ciudades alcanzará la cifra de 6.500 millones, lo que supondrá el 70% de la población mundial. Entre estos espacios urbanos, los más vulnerables son las denominadas megaciudades, urbes que alcanzan más de 10 millones de habitantes.

Por desgracia, las nuevas megaciudades que van surgiendo se encuentran situadas cerca de los límites de placas tectónicas y están sometidas a una alta exposición de riesgos naturales. Es previsible, por lo tanto, que en el futuro resulten afectadas por grandes catástrofes. Hoy día, ya existen megaciudades con una alta exposición al riesgo sísmico, por ejemplo, Teherán, con 13,8 millones de habitantes.

Sismológos iraníes han pedido al Gobierno la necesidad de cambiar la ubicación de la capital. También han estimado que medio millón de personas podrían perder la vida si un terremoto similar al de 1831 afectase de nuevo a la capital de Irán. Por su parte, el presidente Ahmadineyad ya ha advertido a los iraníes no solo de la posibilidad de un ataque militar de los Estados Unidos sino de la amenaza sísmica, indicando que al menos 5 millones de personas deberían evacuar Teherán para reducir el riesgo de catástrofe que se cierne sobre la ciudad.

inondations.jpgLos geólogos venimos defendiendo desde hace muchos años la necesidad de elaborar una cartografía que delimite diferentes zonas de uso del suelo, restringiendo el derecho a construir en aquellas áreas que, como consecuencia de peligros naturales, puedan representar un elevado peligro para la seguridad de las personas.

Esta cartografía viene siendo utilizada, con mayor o menor fortuna, en los procesos de planeamiento urbano, contribuyendo así a un mejor desarrollo de las ciudades hacia zonas seguras. Pero ¿qué ocurre cuando un territorio no ha sido delimitado como de alta peligrosidad natural y sobreviene una catástrofe? ¿Pueden los poderes públicos territorializar el riesgo a posteriori erradicando las edificaciones ya emplazadas?

Esta cuestión está siendo objeto de una enorme polémica en Francia, después de que el Gobierno decidiera imponer el derribo de más de 1.500 viviendas en las denominadas zonas negras, tras las inundaciones costeras ocurridas a finales de febrero a consecuencia del temporal Xynthia.

El problema que se plantea es que estas zonas se han delimitado mediante un nuevo mecanismo, ya que la franja costera afectada no estaba regulada por el sistema de planes de prevención de riesgos previsibles, que es la herramienta habitual de prevención de riesgos naturales en Francia.

Lo que los analistas nos preguntamos ahora es sí se van a definir o no nuevas zonas negras como medida preventiva, o si se esperará a nuevos desastres para volver a poner en práctica el nuevo mecanismo de zonificación del riesgo.

En mi opinión, es poco probable que el Gobierno francés universalice el mecanismo utilizado en la catástrofe del Xynthia, ya que el derribo masivo de edificaciones en otras zonas generaría enormes presiones sociales. Por ello, lo esperado es que se imponga un enfoque coyuntural de territorialización del riesgo, modulado por los límites de la aceptación social.

volcan.jpgLa gran movilidad y las numerosas interconexiones existentes en el mundo globalizado, hace que hechos acaecidos en cualquier parte del planeta tengan repercusiones en el resto del mundo. Un buen ejemplo de esta tendencia ha sido el efecto de la erupción del volcán Eyjafjallajökull, en Islandia, que ha provocado un penacho de cenizas de 6 kilómetros de altura, perturbando gravemente el funcionamiento del tráfico aéreo en gran parte de Europa, ya que la entrada de partículas en las turbinas puede llegar a bloquear el motor de las aeronaves. Situación que no ocurría antiguamente porque los aviones eran de hélice.

Todos los riesgos del mundo de hoy están fuertemente condicionados por tendencias y factores de inseguridad, como son el crecimiento demográfico o el propio fenómeno de la globalización. Pero las soluciones no son fáciles porque pueden afectar a espacios y a tecnologías vulnerables. El medio aéreo o los complejos sistemas que constituyen la base de importantes infraestructuras públicas son buenos ejemplos de este tipo de debilidades. De momento, la mejor receta de mitigación es la información, la alerta, la interrupción preventiva de servicios críticos y la educación. Estas acciones forman parte de lo que en inglés se denomina “resilience”, es decir, la construcción de sistemas que aumenten sus fortalezas, se adapten a la dificultad del medio y sean cada vez más resistentes a las vulnerabilidades e interdependencias del mundo actual.

La globalización constituye una consecuencia del progreso de la civilización pero muchas veces también genera desequilibrios que dificultan el proceso de gestión de los riesgos que nos afectan.

Al margen de esta reflexión, los geólogos no podemos por menos que asombrarnos ante las maravillosas imágenes de la erupción del volcán Eyjafjallajokull.

Más imágenes de la erupción del volcán Eyjafjallajokull

iceland-volcano-pictures.jpg

La Dra. Rachel Grant, de la Open University del Reino Unido, ha dirigido un estudio que revela que los sapos pueden detectar ciertas claves presísimicas, como la liberación de gases y partículas cargadas, que podrían ser utilizadas como una forma de sistema de alerta temprana ante terremotos.

El trabajo ha sido publicado en la revista JOURNAL OF ZOOLOGY, de la Sociedad Zoológica de Londres, bajo el título: Predicting the unpredictable; evidence of pre-seismic anticipatory behaviour in the common toad

La Dra. Grant había estado estudiando de forma rutinaria la conducta de varias colonias de sapos comunes en Italia cuando ocurrió el terremoto de magnitud 6.3 de L’Aquilla, en 2009.

Cinco días antes del terremoto, el 96% de los sapos machos en la colonia desaparecieron. Además, tres días antes del terremoto el número de parejas de crianza también disminuyó súbitamente a cero.

La investigadora cree que los sapos huyeron a tierras más altas, posiblemente donde sintieron menos riesgo de caída de rocas, deslizamientos de tierra o inundaciones. El cambio en la conducta de los animales coincidió con alteraciones en la ionosfera, la capa electromagnética superior de la atmósfera de la Tierra, que los científicos detectaron durante el terremoto de L’Aquila.

Estos cambios en la atmósfera ya han sido vinculados por algunos científicos con la liberación de gas radón, u ondas gravitatorias, antes de un sismo.