Míralo por la parte positiva, si la hubiera o hubiese: alguna ventaja teníamos que tener en las islas peladillas más orientales de Canarias (Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa) con respecto a las que pueden presumir todavía de contar con masa arbórea, que la llaman (Gran Canaria, Tenerife, Gomera, La Palma, e incluso El Hierro). Las tres primeras de estas últimas han sufrido casi a la misma hora respectivos incendios cuyos rescoldos todavía humean. Aquí, en el secarral majorero, conejero y graciosero, casi nunca se nos queman ni nos queman los bosques, ni siquiera el triste bosquecillo de Haría, que sólo lo es de nombre porque ni a bosquecillo llega, strictu sensu.
El voraz incendio cuasi infinito de Gran Canaria, provocado por el provocador pirómano pirado y papafrita (con perdón por el triple pleonasmo), que se supo cómo empezó y se desconoce cómo va a terminar, nos retrotrae a algunos lanzaroteños sanamente envidiosos de los bosques que no tenemos a la adolescencia, allá cuando, casi chinijos aún, viajábamos a la isla redonda en aquellos aviones de Iberia que iban casi siempre medio llenos o medio vacíos (como la botella que contiene más o menos vino según lo mire un optimista o un pesimista), a extasiarnos, por el efecto causado por el radical contraste (unos tanto y otros tan poco), ante tanto árbol, tanto pinar y tanto verde. Es la memoria arbórea. Nostalgia de la arboleda perdida, como la célebre obra poética de Rafael Alberti; magua del verde insular que se nos va de entre las manos mientras vemos -impotentes unos, incompetentes otros- el monte arder. Puro contraste con el sequeral de Lanzarote, cuyos encantos -que haberlos haylos- son muy otros, como es fama. (more…)


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